jueves 3 de julio de 2008
Quisiera decir que “Escribo porque sí, escribo en vano, como en vano escribe el grillo en el ventano”, malcitando, pero si ya es conocida la ignorancia de los grillos en materia literaria (aunque nadie puede asegurar que no se enamoren, y, hasta, en un acto de arrojo previsor, suponer que sean abandonados y por eso la melopea), mucho más lo es la sospecha casi palpable en momentos de extrema sensibilidad de ese interlocutor fantasmal, de quien se esperan respuestas de antemano sabidas ausentes a pesar de la persistencia. La de un grillo.
Intento conmover, claro, o, en su defecto consolador, movilizar nervios en alguna dirección, que me hagan presuntuoso de sembrador, o héroe o mártir, y por lo tanto recibir algún consuelo. Porque algo me duele, o algo me falta. O me sobra, que es más o menos lo mismo: por ejemplo, decir castizamente “tú, que no estás” es lo mismo que decir “yo, que estoy tanto”; o: “tú sin mí” es igual a “yo sin ti”..., y a los efectos del dolor da lo mismo que el aire sobre o falte. Porque, fijate vos, el crepitar más intenso que pudiera percibirse en letra cualquiera será ingenuo en comparación al fuego que le dé origen.
No es extraño que siendo las ambiciones las anteriormente mencionadas, sea la risa la que más de una vez acompañe el sumario. Y si de lo mismo se deduce una intención omnisciente y omniconsciente -que así se vive, concubinando con aquel calor doloroso de la mano, con este voluntario candor-, al fin escribo porque sí, escribo en vano, como en vano escribe discordancias el grillo en la ventana.
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1 -SAYOS
LIBRE PALABRA
Teniendo en cuenta que las letras, arrejuntadas o no para hacerse palabra, no son demasiadas más que treinta, es de esperarse que usando siempre las mismas han de repetirse en algún momento ya que hay más seres humanos que fonemas.
Como no suele escribirse ni hablarse con letras sino con palabras -salvando las excepciones de aquellas grafías tan potentes que se establecen como vocablo: a, y, o, etc.- y, como decíamos, para ello se fortalecen en grupo, las posibilidades se multiplican de modo casi incontable. Pero no infinito, por eso la combinación de la ce, la a, la ese y la i (casi) en este contexto hacen alejar toda posibilidad de interminabilidad.
Si bien, como se ve, hasta podemos aliarlas de manera caprichosa, al punto de inventar la palabra interminabilidad por no decir infinitud, el capricho tiene límite si se pretende lograr la comprensión, y las posibilidades siguen siendo finitas. O aun cuando el capricho estuviese librado al arbitrio del antojo, éste terminaría mucho antes de lo inacabable dado el carácter limitado de las antedichas más o menos treinta letras.
Una vez establecido esto y nacidos los vocablos, se reinicia el ciclo, ahora con esas complejas pero no inconmensurables confederaciones de letras que lo hacen a uno hablar o escribir. Pero hablemos de escribir, ya que hablar de hablar implicaría implicar a los muchos matices y sentidos hacia los que la intención se desvía o reafirma gracias a la plasticidad de la voz o el gesto.
Si, como el ciego pero con menos ambición, imagináramos una maquinaria que se abocase a la tarea de editar todos los libros posibles según todas las combinaciones posibles de palabras posibles, tendríamos que admitir que si el número es impensable, no lo es tanto por exceso verbal cuanto por carestía mental y pensamiento adocenado. Es decir, sigue siendo finito. No delgadito, sino limitado, entiéndase... Las matemáticas son implacables en este sentido; tan justas como impiadosas.
Si a eso le agregamos la limitación naturalmente humana de versar siempre acerca de las mismas inquietudes (que son menos que la cantidad de letras y que los dedos de las dos manos, y hasta podrían reducirse a una sola), con poco esfuerzo podríamos saber que todo texto es plagio y lugar común. Algunos creen, con candidez, que refutar es innovar, pero la negación de la negación es afirmación, y, como dijo Octavio Paz, tradición es ruptura. Y viceversa, agregaría.
La palabra es un tópico y cualquier idea es plagio; no se entiende el escándalo del escribiente novicio o del ideólogo celoso, cuando hablar es imitar y escribir es robar. ¿O es que acaso nadie habló del amor, de tus labios, de la luna, la soledad o el otoño? ¿Son novedad la ausencia o la muerte? ¿Quién se aperplejó por la existencia de manera incomparable?
Bien podríamos, si bien lo vemos, no hablar ni escribir, y quizá lo hayamos hecho antes: antes de la ley de girar en el vacío haciendo como que hacemos, fingiendo que inventamos, presumiendo de creadores.
DE LAS PALABRAS
La palabra pan, escrita, tiene un sonido especial, tanto que es más pan que el mismo pan, y es más pan si se amasa o si tiene trigo, y si así se lo manifiesta: El pan se come si está escrito, o si falta. El pan, escrito, es parte que se comparte, y habla de hogar, de eternidad, de solidaridad... Virtudes que sólo existen cuando son declaradas o escritas.
Viéndolo así, podríamos improvisar un argumento para afirmar que solamente los poetas tienen hogar y son solidarios, al menos cuando escriben, lo cual es poco creíble. Lo cierto es que siempre sabrá más intenso el pan abstracto que el concreto.
Lo mismo sucede con vino o culo; salvo que el primero no se come sino que se bebe, y el segundo no siempre estimula a la solidaridad.
Antes que algún voluntario se apresure a afirmar que igual pasa con todas las palabras, citemos una al azar: Pava, y cualquiera notará que hay palabras que no dicen demasiado más de lo que quieren decir: simplemente definen; en este caso, puede ser una caldera o la hembra de un ave, y no a otra cosa se refiere, excepto que se las rodee de un entorno verbal que favorezca determinadas emociones. Y si de emociones se trata, no es conveniente utilizarla como adjetivo, aunque el tiempo ha desleído su contundencia transformándola en una imprecación ingenua. En este punto me siento tentado a extenderme en disquisiciones acerca de la desaparición de palabras para ofender, pero no es ese el tema de este ensayo.
La palabra siempre es, como la experiencia lo indica, mucho menos poderosa que la palabra nunca. Decile a alguien: “Te amaré por siempre” o, por otro lado: “Nunca te voy a amar” y paladeá el resultado en cada caso. Si deseás una comprensión más vivencial, en lugar de decirlas, escuchá las frases -procurá que alguien te las dirija- y cotejá diferencias.
En este caso no hay tanto desacuerdo entre escribirlas o decirlas, ya que son entidades no materiales, y al ser expresadas mantienen su naturaleza (endeble en el primer caso; contundente en el segundo), más allá de la injerencia que eventualmente pudieran tener en lo corpóreo, a favor o en contra del pan. O del culo, ya que por causa de la mala escucha de alguna de las antes citadas palabras, es el lugar favorito adonde irán a depositarse los puntapiés que recibirá el desamorado, contra su voluntad.
La palabra eventualmente, como muchos adverbios, sirve como herramienta pero carece de consistencia: Intente usted que ella reemplace o que cumpla la función de los más habituales “siempre” o “nunca” de las frases anteriores y coteje, nuevamente, resultados: Decir “eventualmente te amaré” es, cuando menos, irritante, aun si fuese sincero; hay eufemismos más afortunados y usuales.
Es que la palabra amor siempre debe ir bien acompañada: ya sea con adjetivos o con adverbios, éstos deberán ser cuidadosamente seleccionados si se pretende lograr un resultado convincente. Para eso el idioma ha sido provisto de un número limitado de lugares comunes inevitables. No podrá usted decir a alguien “Te amo bastante”: se ama mucho o no se ama, o se ama sencillamente y sin ambiciones. Además, cuando no se ama no hay necesidad de decirlo; la práctica demuestra que la necesidad de ciertas preguntas pone en evidencia la respuesta.
De estas pequeñas reflexiones se desprende con bastante claridad que la lengua castellano está conformado por muy pocas palabras que valgan la pena y las demás son accesorias, y, envalentonándonos, podríamos afirmar que las palabras son de por sí lugares comunes, lo cual hace incomprensible el empeño de los novatos por evitarlos, ya que, siguiendo el razonamiento, la única manera de lograrlo sería no hablando ni escribiendo.
Salvando, claro, la excepción de las cuatro palabras esenciales del idioma castellano, que, como se ha demostrado en este tratado, son cuatro, a saber:
Amor, Pan, Vino y Culo.
GÉNEROS
I Ojitos
Aunque no parezca -o sí parezca- hay diferentes maneras de mirar; no es todo cuestión de orientar los ojos en determinada dirección para garantizar que se está contemplando algo, y menos aún viéndolo. Ciertamente el ojo, si lo comparamos con, por ejemplo, la oreja, es más varonil conforme al rumbo en que la mezcla de naturaleza y costumbre lo han encauzado; no por nada son "el" y "la", pero ésos son solamente instrumentos, en la actitud se los denomina de manera distinta: EL oído y LA mirada.Pero, más allá de las internas políticas entre los géneros sexuales de las palabras, hay una manera de mirar según la cual los ojos se depositan blandamente sobre los objetos, con la misma cordialidad con que se manifiesta la existencia y el devenir de las cosas: aun si se esté en medio de la guerra más feroz y cruel hay un no se sabe qué de ternura en todo lo que existe, que invita a la piedad; tanto se ablandan los ojos en ese caso que no pueden sostener las lágrimas involuntariamente depositadas a la velocidad de la ley de gravedad, es decir, despacio. En este caso las lágrimas suelen ser tibias; no como cuando en la desesperación son calientes y urgentes.Hay otra manera, la más clásica, en que los ojos penetran y horadan; analíticos y suspicaces se esfuerzan por desentrañar al objeto y procesarlo. Sin resultados necesariamente fructíferos, ya que esa intención de entender oculta el deseo de transformar al objeto según una voluntad anterior; más que una interrogación es una inquisición con visos de acusación. Esta mirada puede traspasar los materiales más duros y a veces perturba a la víctima, pero pocas veces logra doblegar las caparazones de la propia alma emisora.Una, similar a la anterior, es constructiva: tiene tanta fortaleza que es la mirada misma la que crea al objeto y le da forma; lo hace dúctil y personalizado según sus propias ansiedades. Esta mirada, la del ojo demiurgo, es peligrosa pero necesaria.La mirada que parece mirar y no mira también es conocida, por la pequeña bizquera con que se la percibe: aquí el sujeto se está mirando en verdad a sí mismo, usando como excusa a una realidad externa que le sirve como apoyo. Suele tener un dejo de melancolía o de locura que no siempre es creíble, porque muchas veces no deja ver el gozo interior de saber dónde exactamente se está y quién se es, con o sin tristeza.Opuesta a la "mirada blanda" se encuentra la mirada esquiva, que no merece mayor consideración ya que no es recomendable, ni como dador ni como receptor, por lo mezquina: esa mirada resbala, escapa, cae, huye; y no por vergüenza sino por miedo.La mirada inerte, "mirada del muerto", es útil para psicoanalistas; les permite ganar dinero haciendo como que escuchan a gente que hace como que habla. Esta actitud deja el campo abierto al enemigo más temido de ambos, que será caprichosamente disecado por el amigo más querido de ambos. A los ajenos a la profesión, les servirá para liberarse con prontitud de personas indeseadas; ya sea personas que aman sin ser amadas y viceversa o funcionarios que ofrecen proyectos.La mirada que traga, abierta y anonadada, indica que el sujeto ha sido poseído por el afamado "niño interior". Puede ser por diversas causas: exceso de belleza o incomprensión; en este caso la mirada busca una ayuda que sabe que no vendrá, y aún queriendo llorar no podrá. Hay que aclarar en este punto que el niño interior no es un niño, sino un adulto que ya no es niño.De entre todas las miradas posibles -que matizadas o combinadas se multiplican-, hay pocas de ellas que pueden ser elegidas, pero con un poco de práctica y memoria se pueden recuperar retazos de las que sean más recomendables según las circunstancias y aplicarlas como defensa simulando ataque, o -mejor- viceversa. ¿Qué pasa cuando el objeto de la mirada es otra mirada, que tiene a su vez por objeto a la primera?
II De cuento
El cuento es masculino y la poesía femenina.
Podría decirse, en principio, que por una simple cuestión de eufonía, ya que no queda bien referirse a la cuento y el poesía; en todo caso deberían ser la cuenta y el poesío, pero como ya existe la palabra cuenta, que se refiere a otra cosa, no es posible volver a usarla con un sentido diferente, y la palabra poesío es impresentable desde que amontona demasiadas vocales abiertas y semicerradas en tan pocas consonantes: la a de poesía, que es más abierta que la o, marca la diferencia.
El cuento es gordo, ancho, amplio. Puede ser cortito o largo, pero es ancho, horizontal.
La poesía, en cambio, es finita y vertical. Ya vamos viendo por dónde se manifiesta la femineidad poética.
El cuento rebota en los márgenes, se va llenando; la poesía baja, se precipita elegante o asciende como un aroma.
El cuento permite narrar, extenderse, ser sutil o no, hacer veladuras si es necesario. y hasta ser poético, porque, paternal, contiene y permite.
La poesía es más exigente: acota, reduce y pone a prueba. Ya vamos viendo por dónde se manifiesta la femineidad poética.
El cuento es confortable como una carcajada; a la poesía no hay sonido que la defina: pueden ser todos o ninguno, pero preferentemente el que no exista.
La poesía es exigente, ya lo dijimos: en tanto el cuento permite altas dosis de mediocridad sin demasiada conmoción ni disgusto, la más mínima rispidez en poesía se hace intolerable y hasta dolorosa como una traición.
El cuento es masculino porque busca, tolera y aprende; la poesía sabe.
LÁGRIMA FALIBLE
Llorar amargamente es algo que siempre se da bien en las letras; es un buen efecto desde que Pedro el Simón después de oír al gallo cantando su traición dio vuelta el rostro para llorar amargamente. También lo hizo el pequeño Franz, pero de felicidad y miedo ante la mirada del padre, antes de dormir. Una zamba popular llora amargamente un amor adolescente, para que rime. Y así...
Poner “lloré/lloró amargamente” después de un punto y aparte es una estrategia infalible si se quiere conmover; no falla y hace temblar, y hasta sollozar, pero ahora con dulzura.
Tristemente, no da tan buen resultado en la vida.
Lloré amargamente
desde Pedro el Simón
cuando cantó tres veces
su perfidia el gallo
hasta Franz el pequeño
que feliz de miedo
se llenó de padre mirando.
Sollocé con amplitud
en la canción imberbe
después de un punto final.
Te lloré, amarga mente;
para escapar de la condena y la cruz
y me zambullí decidido
en lugares comunes oscuros
pero no me quejo,
gota tropical de tópico:
me salvaste del infierno
por un segundo segundo
en que el corazón
se hizo hielo, luna
desvarío,
razonable:
palabras.
DESMIENTO A KAFKA
Despertarse convertido en insecto no es tan terrorífico como parece a simple primera vista.
Es decir, no lo es más que despertarse transformado en entidad cualquiera; podría uno llegar a la vigilia mutado en bella flor y el resultado sería igualmente infausto... ¿O acaso sabe alguien cómo comportarse siendo una rosa índiga o un margaritón si nunca antes se lo ha sido...? De sólo imaginarlo estremece.
Tampoco es necesariamente más impresionante la desestructuración personal repentina de si, permaneciéndose uno en el estado habitual, fuera el entorno el que se desencajara, ni es necesario para ello verse rodeado de monstruos; en esas condiciones cualquier objeto sería sinónimo de pavor y precipicio. ¿No es eso nacer, después de todo...?
Hay otra eventualidad, y es que solamente uno de los elementos del entorno cambie, y el resto como si nada, por más que uno señale intentando llamar la atención sobre el objeto que, a ojos de los demás, permanece inalterable. Esa sí tiene vértigo e injusticia.
Por suerte esas cosas no pasan -y si pasan, pasan- y se puede seguir despertando con un aspecto bastante cercano al esperado, y el entorno, sí, cambia, pero no de manera que aterrorice, por el contrario.
Tanto que de tanto en tanto es necesario improvisarse tragedias e inventar sentimientos que estremezcan para justificar los minutos. Para no sentir que se ha nacido sin ganas.
MUSARELAS
Las musarelas no son, como podría pensarse a primer oído, derivados de los lácteos: esas son las muzzarellas, que pertenecen a una especie entre humana, láctica y animal denominada Los Muzzarellos. Los hay del género masculino y femenino, como corresponde a todo lo que vive, aunque, también como corresponde a lo vivo, hay indecisos e imprecisos. En uno y otro género, la forma será invariablemente redondeada, sea cual fuese el tamaño: los muzzarellos usarán gorritos con visera hacia atrás; las muzarellas, pantalones de tiro bajo; ambos llevarán bolsitos o mochilas y frentes brillosas (ya que no brillantes).
Los muzzarellos son inanes e inertes; acomodados sin sueño cuya aspiración involuntaria no va demasiado más allá de la posesión de algo.
La vida media de un muzarello es de 90 años: la carencia de angustia y dilemas existenciales los hace particularmente longevos.
Las musarelas son otra cosa. Musarela deriva, como fácilmente puede apreciarse, de Musa; es decir que una musarela es una musa pequeña. A qué se refiere la pequeñez de una musarela es una confidencia que guarda la discreción pero intenta develar el espíritu deductivo: Bien podría ser que las musarelas lo fuesen con relación a un artistuelo, lo cual impugnaría cualquier intención de rencor por parte de los bufones o aprendices de brujo, ya que a cada quien le corresponde el tamaño de musa adecuado a su porte, aunque también es posible que el diminutivo se refiera a que las musarelas sean pequeñas en comparación a los ojos que le otorguen el galardón, lo cual es inaceptablemente soberbio. Pero seguramente, secretamente, las musarelas finjan humildad y agradezcan en silencioso regocijo lo que no es un regalo aun cuando no se les solicite retribución a cambio. Es que la pasión y la mendicidad no se llevan de la mano.
Puede ser también que las musarelas tengan ojos bellos pero pequeños, inadecuados como para distinguir una mano que acaricia de una que aplaude u otra que golpea, por eso no es extraño que elijan el mal menor a cambio del bien mayor. Después de todo las musarelas no dejan de ser femeninas, y, como tales, tienen una misión que cumplir, para que el Universo siga funcionando como corresponde: de menor a mayor. Darwin, agradecido. Las casas de electrónica también.
Quién sabe cuál sea la causa y el sentido del volumen de una musarela; eso es asignatura de iluminados y secreteros, pero se sospecha que no necesariamente dependerá del porte físico de las deidades numinosas: quizás el diminutivo solamente se enmaride con la ternura, y, en algunos casos, con un desamparo que conmueve los corazones perspicaces. Personalmente, creo que la menudencia de las musarelas se refiere a la diferencia entre contenido y continente: las musarelas suelen ser en su alma mucho más intensas que lo que el envase hace presumir; a veces, a su pesar.
Una musarela que se precie de tal jamás pertenecerá al Rotary Club ni al Club de Leones, hay que decirlo.
Sea como sea, las musarelas son inocentes.
Hay musarelas receptivas y musarelas esquivas, y ambas dan igual resultado a los efectos artísticos; no así a los afectos de la persona que contiene a un artista, lo cual configura un detalle menor para todos, menos para el inmolado. Algunas despistadas aspirantes a musarelas pero sin condiciones se quedan con la superficie y el efecto y pretenden que la histeria les garantice musarelidad. Torpemente, ya que una musarela nunca puede elegir serlo, y menos de esa manera; es el dedo invisible del demiurgo el que dictamina.
¿Musarelos? No hay. Es muy simple; la condición musarela es exclusivamente femenina, como el arte es y será masculino; no, como suele pensarse con liviandad, por condicionamiento histórico y social, sino por naturaleza. O como la ciencia, que, sí, tiene voz masculina y ojos de varón, pero no por simple sojuzgamiento genérico a favor del macho, sino al revés. La búsqueda del saber es masculina. Es que el varón busca y rebusca, denodada, empeñosamente, lo que ella ya sabe y tiene. ¿Y dónde indagar sino en el mismo recipiente del saber?
Por eso, así, necesariamente, nacen las musarelas, que sonríen compasivas, y compasivas cultivan la habilidad de la distancia para poder seguir manteniendo su condición.
AMORES
Empíricamente y con poco esfuerzo se puede comprobar, experimentar, claro, y clasificar al amor en diferentes tipos:
1- El amor que, cuando se va, deja un vacío imposible de llenar.
Puede ser por causa de muerte o abandono, que en poesía se sinoniman.
Se llamará a este tipo de amor, amor esencial, amor ideal, único amor, el amor de mi vida, etc.; se harán boleros, tangos y cumbias al respecto, y/o se reflexionará acerca de ángeles e impares oportunidades en la vida, haciendo hincapié en la melancolía de la existencia y los condicionamientos realísticos, temporales y materiales que con inhumana argumentación conspiran a favor o en contra del destino dejando un amargor entre la garganta y el pecho que terminará siendo el verdadero único amor: un gusto a nada, amargo como la nada, insípido como el Sin Ella.
2- El amor que por estar demasiado deja un vacío. Imposible de llenar.
3- El amor cómodo. No se reflexionará al respecto; nacerán matrimonios y noviazgos de conveniencia o prostituciones encubiertas y morirá. Es el hastío oficializado, políticamente correcto.
4- El amor que por excesivo, mata. Se modelarán máscaras de fuego mal talladas para esconder emociones, y se prometerá jamás volver a prometer. La inteligencia someterá al sentimiento; el desasosiego a la alegría; el escepticismo a la fe.
5- El amor que, por no existir, deja un vacío imposible de llenar.
Se tomará alcohol con fervor, se pintarán cuadros, se suicidará o se seguirá viviendo.
Se llamará a éste, amor idealizado, ideal también, deseo insatisfecho y fantasía o soledad.
Allí volverán a intervenir poetas, poetistas y poetastros impúdicos o exigentes, y reclamarán al destino, incompetente como pocos, por su inoperancia; los Piqueteros del Sino llorarán de tanta furia; los sicoanalistas dirán tonterías.
6- El amor que casi fue y por una cuestión de detalles dejó un vacío imposible de llenar.
Finalmente, será el amor no otra cosa que eso: el vacío imposible de llenar, un polvo fanático y fantástico, alguien que, según el caso, ya no está ni estará, un otro yo mudo y sin cuerpo o alguien que se parece a alguien; será llanto el amor, será letra el dolor que se hace grito y nomina, espejo roto y Narciso triste u hombre que trabaja. Será el amor manos de viento y ojo que traga el horizonte, adeudo y labor minuto a minuto, mentira del tamaño de Dios y un cansancio tan grande y una tristeza tan honda que, si te contara.
Será el amor un espasmo oportuno y de oficio y tu voz que no se oye.
¿Será el amor una calumnia y no será traición...? o un objeto aparente que no da explicaciones, ni mensura, que demanda.
Será el amor un invento que pesa y pasa: una cosa que huele a tabaco y promete; es el amor un anciano al que le pesan las neuronas y juega con los minutos, prestidigita y emite carcajadas como ladrillos, como huellas y suspiros, hasta que llega la noche y le sopla al oído un secreto incompartible.
No será el amor
intercambio de favores ni piedad,
sino lo que no importa,
mas no por eso milagro;
acaso destino y obediencia subversiva
No será tampoco ecuación,
polinomio ni probeta
sino inspirada pirueta
de lo irreversible
ni será concepto
que quiera o pueda entenderse,
sino desafuero.
No será el amor fantasía
ni edificio del tiempo y la costumbre.
No será impertenencia
impertinente del deseo
sino mano que sujeta insujeta:
No será -jamás- el amor “Mañana tal vez”,
“Quizá” ni “Es posible”: es posible
que sea flor inpisoteada o nada
No será el amor palabra
que llena el vacío: será el espacio
más allá de lo que abunda.
Ni será la cáscara del epitelio
sino fondo marino erizado de rubor.
No será el amor espejo de sí mismo al infinito
sino tu nombre y no otro.
...No será sino tu mirada
tan rodeada de vos.
Será
esperanza,
xilofón;
otra cosa...
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2 - COSAS
LA DANZA
Sobre un fondo sombrío, que se parece a la memoria si no fuera por el silencio, caen despacio, como inconscientes de sí, cinco objetos: un cubo pequeño que gira mostrando todas sus fases de color ambarino; detrás, un prisma sólido y anaranjado oscuro de tamaño mayor le acompaña en su melopea muda hasta por poco rozar en la danza perfecta y eterna a una pirámide roja que da vueltas y vueltas delante de un plano gris intenso al que sostiene otro casi negro.
Ese extraño e imposible caer a pesar del vacío dice que no se los puede ver, sin embargo en perpetuo precipitarse anónimo giran como silbando. Su número es perfecto: uno más o uno menos y perderían fuerzas. Sus tamaños son pulcros porque pueden, aunque no lo hacen, acoplarse en dúos desparejos y complementarios. Mas ni siquiera llegar a rozarse y la cercanía provoca vibraciones que evocan lo dulce.
Una idea imprecisa llena el espacio y lo torna inaplacable, confiriéndole la solidez etérea de lo imperceptible al tacto.
La armonía aturde, y todo alrededor se pregunta el porqué de los objetos, que siguen bailando en el espacio, que sigue siendo bruno y sin palabras.
DESAFORISMO
- Debe haber felicidad en la muerte, por cómo ríen las calaveras.
- Todos los días salen colectivos a un lugar que ya no está. No sé por qué no voy, ni a tantos lugares lejos; hay dos caminos y elijo el mismo, de retorno: el de una persona a la que se quitó la risa y disimula.
- Hay multitudes de personas invisibles que se persiguen y dejan estela: así nace el viento, y cuando se encuentran es la brisa.
- Hoy estuve feliz y hasta dos veces seguidas fui poseído por una carcajada que nadie vio.
- El mundo es un átomo disperso. La humanidad, familias desparramas: aborígenes perdidos por causa de un acierto sin motivo cierto, que, en noches de conciencia, se hacen fantasmas con hilos de oro.
- Estar siempre en lugar equivocado es el desafío, quizás. El sentido, no sé.
- Vivir sin causa pero con sí consecuencias.
- Qué mal invento el dolor, pero seduce y tiene fama.
- “Muero contento, hemos batido al enemigo”, dijo el suicida.
PAREDES
I
Es triste la lucidez del golpeado que, a fuerza de cabezazos y empuje inerte y corazonado contra las paredes, encuentra vacío tras del derrumbe y se le precipitan los escombros, burlones.
Pero debe serlo mucho más ser pared y futuro escombro; saberse envase, depósito y apariencia.
Ella -la pared- es fuerte y no necesita mi piedad; yo soy débil y detesto la clemencia.
-Nadie llegará dentro de mí porque dentro de mí no hay dentro: hay una cáscara que mantiene fuera y sostiene al afuera, lleno de seres solitarios, derrumbados y sin continente -pudo haberme dicho, de haber sido sincera, pero dijo, premonitoria: No me pongas en un pedestal; no soy gran cosa, soy pared y es todo lo que sé ser.
Yo, claro, plataforma y mano que iza, sordo la adoré.
Y no me arrepiento, pero estoy triste.
II
Tenía razón la pared parlante cuando derribó el asombro, y no sé si conciencia; tal vez el sentimiento de culpa sea la forma en que se solidifica el saberse, pero sólo tal vez.
III
Fuerte, sí, pero corruptible y culposa, sólo sirve, ella lo dijo, para sostener, y a veces, cuando el fuego de fuera y el frío de adentro apremian, se hace a su pesar más pared, más fina, menos algo; más límite que cosa. Una pared sostiene, al fin, la ronda y el merodeo; una pared no es lo que es, sino lo que sobra.
Algo así como una vasija infinita que abatirla es volver.
IV
Es frío el rencor y fuego la ternura, y se esconden mutuamente como hermanos.
V
La pared no existe, y no sé por qué lloro y le pongo nombre.
VI
Yo la miraba embelesado.
LA VASIJA
La vasija tiene por cielo a una piel de durazno; carece de ruidos, está quieta y sólo suena si es soñada.
En el ánfora de fuego seco que antes fuera barro las manos no evitan posarse para merodearla y rondar el secreto de madre temblorosa que recibe y da un mensaje; dulce en el oído, misterioso en la certeza. Habla de arte, de historia y de inocencia.
Cuando la ve, todo en el cuerpo se precipita necesario y obligado; lo subyuga la humedad y el abismo: quiere oír con los ojos y toda la boca.
No hay nada escrito, y hay viento; nadie explica la razón del sollozo, y surgen palabras: algo, cosa, pasó, estuvieron, verde, amor... Las nubes.
La vasija queda sola y el caminante se pierde en el valle, marchando en elipses sinusoidales de distancia creciente.
Una lágrima cae y el suelo se hace barro.
ROSTROS
I
La vida mejor es como una mancha en el ojo o como el gato de Chesire.
Lo real es una mano invisible que aprieta la garganta y dos perros solitarios que ni siquiera husmean pero reflejan. Dos perros que ahora se van y no queda nadie.
La tarde es un sol que se cae.
Una mentira en la que muchos acuerdan causa risa, y otros colaboran, y otros: luego todos se van a dormir, como si algo hubiera pasado, hasta mañana.
El ojo de la tormenta es un rostro, que cuando está desaparece.
II
Se oye una música lejana de felicidad y hay gente que se atraviesa entre sí.
El artista es un ser de extraordinaria pobreza e injustificado tesón que no se cree ni a sí mismo.
En el horizonte de la memoria mora una sonrisa fresca. La presa que nadie apresa es esclava de su propia falsía; el cazador de infortunios sufre igual, con o sin grilletes.
El creador es un parricida, y es su propio hijo.
Antes, amaba la inteligencia.
III
Debería ser extraño que me encuentre solamente -y a pedazos- en los lugares en que no estoy o en donde si estuve no importa.
Me reconozco en seres ajenos y situaciones de dudosa verdad que se repiten.
Una leve torsión de la voluntad para que el círculo se haga espiral; intento centrifugarlo pero en el centro siempre hay un rostro que es siempre el mismo.
IV
El rostro que está cuando no está y viceversa.
No es el arte sino la defensa cobarde de un extranjero.
El olor del mendigo es el olor del hombre.
V
Al fin el dolor se cansó de mí.
Terminé por doblegarlo sin intención: se sintió ya sin lugar en un continente tan apretado; yo, que comí dolor a bocanadas; una cosa pequeña y llena de tristeza sin aire, fui fuerte.
Yo, sin dolor, ¿qué sería?, me pregunté y no tuve memoria: Como un viento, pero humano.
Como esas personas que se atraviesan, pero sin resbalar.
Como una música de lejos; puro sentidos sin imagen.
VI
Lo que pasa es lo que pasa. Queda el recuerdo de un vestigio o un invento.
¿En qué pensar mientras tanto...?
Es mejor no rumiar milagros, pero lo que resta no alcanza ni convence.
Todo lo que sucede está pasando. Veamos qué / me ofrece Dios ahora.
Si es siniestro: Todo lo que pasa, por fortuna, pasa.
Si es bello: Todo lo que pasa, por fortuna, pasa.
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3 - CASAS
REGRESO
Vuelvo a mi casa porque me extraña. Lo vi en las paredes cuando temblaron con timidez, a mi llegada. La puerta, quejumbrosa, manifestó su disgusto por la tardanza y rechinó los goznes con más fuerza de lo acostumbrado. Con más de lo que, recordé, acostumbraba.
El olor, que antes parecía viejo, era el mismo, en el mismo alcanforado claustro de aroma como terciopelo. Una silla me tocó el muslo, como para llamar la atención y decirme con inocencia: “mirá, la mesa, ¿te acordás? acá está, se portó bien...”. Ahí estaba, acaricié sus aristas para reconocerla porque aún estaba semipenumbroso y corrí, sin pensarlo, la cadera para evitar el mueble grande mientras estiraba la mano hacia la llave de la luz. Nunca supe qué era el mueble grande: le decíamos así desde siempre a lo que bien podría ser un modular, tanto como una cómoda o un tualé. Descubrir más adelante que tualé era toilette fue una gran frustración; el segundo desengaño de mi vida. El primero fue haber nacido.
El túnel... Pasillo lo llamaban: tres segundos plenos de aventura y acogedora soledad camino al baño en la infancia; sucio siempre, polvoriento. ¿Dónde deje el bolso? El túnel me atraía y me daba miedo, y hoy también, y hoy también la pared es insociable y áspera. Y hoy como siempre me sobrecoge la idea de que el túnel no termine y acabe mis días caminando sin rumbo y a perpetuidad. Qué idea tan tonta, morir eternamente, vivir caminando hacia la muerte y que la muerte no llegue... ¿Y si se hiciera circular y, por lo tanto, el peor laberinto?
Hablo fuerte y se van los fantasmas.
Hay algo de mí en la casa, tiene mi forma, mi carácter; por eso está siempre desordenada y a veces no la quise.
Al final de toda oscuridad siempre hay un baño, bromeo tontamente y un ser con mi cara -pálida, diferente como siempre- me mira con curiosidad en el espejo.
-Volviste –me dice la casa.
-Volviste –le digo, feliz.
LA CASA SAGRADA
Voy a entrar en la casa sagrada. La pequeña casa sagrada negada a la que nadie entraba y que yo deseaba de interminable manera.
Hoy tremularon las murallas grises como señal; las persianas, como brazo abatido se agitaron: me reí de antemano y festejé callado. Quise contarlo y anduve solo, inquieto, naciendo, caminé.
Llevo la flor tomada de un jardín azaroso y estoy feliz.
Voy a entrar; la flor es un pensamiento que robé de su entrelínea y se parece a un suspiro agazapado en el silencio.
Estuve y anduve expectante y triste, pero ya no: la pared era guarida.
Aunque sean minutos; lo demás fue nada y la casa tiene nombre.
PÁJAROS INGRATOS
El ave es una bestia ingrata. Si estuviera ella en trance de muerte y la pretendiera usted viva gracias a la gracia de su mano, se resistirá a seguir siendo; soplárele usted las entrañas, diérale alimento y agua o amásela y la salvaje se irá como sea; si no fuera suficiente con las fuerzas de sus muslos y bíceps, procurará -y logrará- que la vida se le retire. El pájaro es un animal que quiere irse y desconoce, al respecto, los grises y los negocios. Es decir, niega lo que no sea vida, muerte o trabajo.
Me dirás de los canarios y las gallinas... bueno, esas no son aves, porque las aves solamente aceptan alimento de Dios, no de los hombres.
LOS PESCADOS SON EVIDENTES
Los pescados son evidentes ni bien asoman la cabeza fuera del agua.
Los pescados, ni bien abandonan su condición de peces, se hacen obvios, impolíticamente indudables y políticamente correctos. Ni bien asoman la cocorota y abren la boca y muestran los ojos muertos.
Pero, como todo lo demasiado evidente, pasan inadvertidos o, peor, encuentran cómplices que en su igual condición de abandonados por la humedad se hacen los distraídos y fingen conversar o decir cosas que remiten a algo cierto. Y debe ser, sí, cierto, porque todos hablan y hacen señas con las aletas, y, si ríen, aplauden con las branquias. Los pescados no hablan; boquean.
Fuera de su elemento, los ojos gotean gotas viejas, hasta que se terminan y sus miradas se hacen de vidrio bizco. Y da una tristeza...
Mas no es posible ser compasivos, aunque se ponga voluntad, pues que la tristeza es nuestra. Y si la piedad es autocompasiva, como casi siempre lo es, no tiene mucho sentido y carece de verdad.
¿Soñarán con agua? Los muertos no sueñan, me responde un semejante y sumerge su cabezota en el aire, donde no hay aire y es necesario aparentarse vivo.
Como todavía puedo llorar -me queda un tiempo antes de coletear-, el agua se funde con el agua.
ÁRBOL
Agradecí a la mata mientras tomaba su ofrenda: dos piezas amarillas aromáticas y anónimas.
No necesitaba nada más, sino saber que ahí estaba el cidro, en el fondo donde siempre; saber y reconocer lo evidente, percatarme de lo que existe.
Todos despojaron al limonero de sus frutos, cada vez más efectivos; es decir, más agrios, más fragantes, más limonados.
¿Dónde estaba antes ese limonero que no vi? ¿Y dónde ahora...?
¿Quién mirará al limonero?
Debe estar muy triste, penetrando profundo, dando agrio y sin nadie que lo mire.
DÓNDE
¿Dónde moran las lágrimas no lloradas? ¿donde lagrimean las moras aún no maduras?
¿Dónde madura la lágrima demorada? ¿donde se viste de morado la gota más dura?
¿Cuánto dura la vista del amante moroso?
En el fondo del párpado, tal vez.
Hasta el abandono.
Cuando se hace sangre la copa más alta y más triste de un verso que -por triste- no se escribió, pero decía que no es el amor sino lo que no queda.
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4 - DISPOSICIONES
PARA VOLVER DE LA MUERTE
1º Morirse, condición indispensable.
Es necesario asimismo, para que sea más efectivo el regreso, no tener deseos de hacerlo.
Se recomiendan para ello diversas prácticas no oficializadas pero inquebrantablemente efectivas:
- Amar y no ser amado.
- Amar y ser amado y no poder consumar el amor por impedimentos externos (amor trágico),
- Ser amado y no amar,
- no amar ni ser amado,
- amar y ser amado,
- haber sido amado,
- amar,
- etc.
2º Haber estado vivo antes, sin lo cual lo primero carecería de posibilidades.
Las recomendaciones prácticas en este caso son las mismas que en el primero; solo marca la diferencia una mansa sonrisa.
Observación: No es posible regresar de la muerte sin haber transitado, como mínimo, por el séptimo infierno; cuando se esté aún en el tercero o el cuarto, resignarse a la caída que resta. Tampoco pasarse del decimoctavo, porque ya no habrá posibilidad de regreso y la muerte será eterna. Y no como hasta ese momento que es solamente inmemorial.
3º Amar
Incondicionalmente. Y olvidar. Y perdonar. Sólo así se garantizará el regreso. Claro, ya no se será el mismo, pero a quien importa un detalle tan nimio luego de haber transitado la ausencia.
-Si se prefiere evitar el antes citado periplo se recomienda el cinismo o la liviandad.-
PARA TRANSITAR LA MUERTE
Habiendo cumplimentado todos los requerimientos citados, habrá el deseoso de experimentar la muerte de no desaprovechar la oportunidad que ofrece el tránsito entre el golpe inicial y el decimoctavo infierno, que es cuando mejor efecto produce.
A partir de ahí, como se sabe, será inevitable y definitivo, así que más vale acostumbrarse y familiarizarse con la naturaleza de la muerte.
Síntomas de la muerte:
Dolor. De preferencia se localiza en el medio del pecho, extendiéndose tanto cuanto pueda abarcar, involucrando al estómago, angostando la garganta y los ojos, y oprimiendo la espalda hasta agachar a su victima. Hasta el paladar se hace objeto de compulsivas mordeduras autofágicas. La planta de los pies no pueden sostener las piernas temblorosas.
Zumbido. Continuo. Producto del roce permanente y frenético de pensamientos, que se contraponen, se acompañan, se amontonan. A veces la cabeza parece moverse, en involuntaria vibración, por el exceso de sin descanso.
La mirada oscila entre el anonadamiento, la amargura y el enojo, de ahí la tremenda tensión que debe soportar el entrecejo. Los ojos están cubiertos de lágrimas.
Tristeza. Profunda.
Miedo: Imposibilidad de concebir la existencia sin ella, la vida.
Soledad. Completa. El resto del universo puede desplazarse alrededor según su voluntad, que en nada perturbará la soledad del zombi.
Inquietud
Ahogo de palabras no dichas.
Certeza. De saberse muerto.
Este proceso puede repetirse tantas veces como no se quiera.
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5 - HISTORIETAS
PEQUEÑA HISTORIA DE DESAMOR
-¿Me querés?
-¿Eh?-Que si me querés un poco.
-No, la verdad que mucho no.
-Bueno....Avisame si alguna vez...
-Bueno, cualquier cosa te digo....
Pero yo que vos no esperaría.
A VER
Veamos ahora, que la pienso y la pienso
.. qué rostro le pongo?
Tal vez esta nariz recta y ese perfil que...
No, no era recta, o sí?
Nebulosa sería mejor y más acorde a la presencia
que se empeña en retirarse
Si me parece que hablo con ella: su voz... aterciopelada
¿O aguda? ¿Sofocada, susurrante?
Bueno, pero no importa; hablo con ella
que está tan instalada en mi... ¿Corazón?
Petisa y pelada no era, eso es seguro,
pero
Los recuerdos del amor terminan
pareciéndose tanto a uno mismo
que, si son nebulosos, el silogismo
deja en claro el porqué
de este continuo desaparecer
HISTORIA DE TRÁGICO AMOR
“Volveré pronto y seré bueno”, dije antes de nunca regresar, en medio justo del asmático polvo y un relámpago que desmentía la premonición.
Y se hizo justicia, a mi pesar.
HISTORIA DE DESENCUENTRO
I
-No llegues demasiado tarde -dijo en la oscuridad-; estoy muy sola y no sé morir.
Pero no hubo nadie: hasta el asesino estuvo ausente.
II
-No te vayas tan temprano -dijo a nadie-; estoy muy solo y no sé vivir.
Yo no fui el culpable de tu amor a las sombras.
BARRUNTO
Hablarás de mí en la guerra durante la guerra mientras la guerra. Cuando estruenden las bombas los campos de lejos alguien mirará los ojos, y me pensarás en silencio y doblegarás la entraña a favor del cielo y no habrá fríos ni cavernas ni lumbre imperfecta cuando seas esa lágrima.
Tenderás una mano, hablarás, citarás un nombre.
Después de tres días de intensa agonía acudirá el encuentro a lo misterioso donde se hable de niños y uno de nombre sencillo toque tus dedos con devoción y acaricie tu espalda; un ser desconocido desde siempre, que dará la forma exacta de tu semblante y te dirá cosas que podrás entender perfectamente.
Para entonces habrá pasado mucho tiempo y nadie sabrá el sentido de tus palabras ni el origen de la tristeza larga.
Habrá muchas preguntas, pero una sola de importancia dará la clave a ese silencio, del miedo, la respuesta, cuando escuches un aplauso entre las balas, algo debajo de tus pies que explote de repente, un objeto que te eleve por los aires con tanto enigma que ningún brazo te sostenga.
No voy a estar ahí, pero alguien con mi rostro levemente avejentado y un poco más bueno te dirá dos palabras dulces al oído y se tenderá debajo de vos para siempre.
PRECAVIDO
Indica la sabia prudencia que no se puede andar así, a tontas y a locas amando.
Cauteloso, esquivo la piedra y elijo ahora enamorarme de tientas y ciegas.
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6 - SECRETOS
SECRETO
I
Sé que hay alguien que supo que fui feliz, sin solemnidades, y que nunca tan débil como cuando acorazado de alegría fui algo indefinible, como una intemperie al aire libre, cual si mimbre fuese la armadura con que el aire pretendiera sostenerse. Sin embargo...
Desde los cantábricos hasta el confín no hubo entonces -en aquel entonces que precede al principio y que fuera abandonado- quien no supusiera huero lo pequeño, razonablemente, ni quien no retomara con delicadeza un hilo imperceptible que dijese: Por aquí se comienza a sufrir.
Y los cántabros maledicentes se hicieron cántaros, y el amor se hizo amo. Y lo súbito fue rey, como ahora.
Y ya no recuerdo de qué hablaba en aquel tiempo.
II
Por suerte y gracia de la fortuna, me alimenta esta gloria impávida encubierta de miseria, y engaño a mis oídos con disímiles objetos que parecen ser sonrisas.
Hay también seres vivos de varios tamaños y texturas con los que puedo envolverme
a veces frenético pero casi siempre insuficientes. Eso me concede la impunidad esforzada
de dejarme derrumbar por caminos que tomaré la precaución de no transitar más de una vez
(en esta parte río, cínico). Y en este aparte, cuando me aparte, la risa no será tanta...
Pero no hay que descuidar los flancos, ni cerrar los ojos siquiera para el entresueño: escribir más de tres veces una misma palabra que, comenzando con A, recuerde hasta cuánta hondura se sumergen las rodillas; tal vez nos proteja, los sabios lo saben...
Todo esto, aun cuando no se lo dijera, está perfectamente engarzado en cada rincón
de la naturaleza, y en cada uno de los vahos; los que se olvidan y los que se inventan, y en cada átomo de cada miembro... Porque por qué y para qué deberíamos sino dejar de no hacer suspiros cada invierno; la explicación es clara y cotidiana, hasta para la ilusión, y, más que nada, para esos dedos que dicen señalar en una dirección voluntariamente errónea.
LAS MANOS
Sus manitas. Lo que no diera por ellas.
O un roce festivo de su espalda, y, hasta, si me apuran, de su extremidad de loza recibiría con gusto un puntapié; si fuera necesario, cargado de desprecio.
Cuánto no daría por la piel que se derrama desde su boca, pasando por el cuello –de felpa- hasta el infinito, y por cada inesperado meandro con sus correspondientes matices de arcoiris que late, y cuánto por descansar palabras en la urgente colina turgente de su contorno. Qué fácil cabrían las mías en su paladar de madre.
De seguir enumerando, toda, pero sus manecitas...
Existiendo es generosa.
Si pudiera, con gusto le contaría secretos en el dorso poplíteo de su rodilla, la izquierda de preferencia, y le rezaría, como corresponde, al sacro, de camino al ombligo para seguir girando hasta que el tiempo se agote y no quede nadie.
De seguir enumerando, toda, pero sus manitas son las preferidas.
Justamente, con ellas me saluda, mientras me voy
EL SECRETO DE CONMOVER
Según indica el método, el secreto de conmover es el siguiente: seis meñiques a partir de la entrada; pulsar ahí o cerca con cuidado y la debida concentración del alma. Pero eso es un detalle, el último, luego de haber encendido la fogata esforzándose en verdades niñas, a la manera en que un héroe transforma las lágrimas en férrea certeza y fino murmullo.
Hacen falta, vano es decirlo, cómplices para esta trama; de preferencia, una, inocente sin saberlo, y mucho miedo de perderse hasta extraviarse como la lava, inconsciente de sí, porque si no, no funciona.
En este punto hay que ser cuidadoso, de que el temor no perturbe conspirando a favor de la mentira y el hielo o la locura disfrazada de sólida estructura metálica; suele suceder que crezca cual serpiente de aluminio alrededor de la piel un inevitable desprecio que ahoga y aprisiona. Suele suceder que venza un animal henchido de vanidad que inflama las paredes del deseo con mármol, y se transforme lo inevitable en utilidad o pavura: eso es tan primitivo que da tristeza; verse viendo substancias con aspecto de persona, meros depósitos de vacío lejano, títeres de nadie insinceros.
Será, tal vez, que no se puede entender con facilidad la lejanía entre el cariño y el álgebra, o que a pesar de las leyes ópticas un círculo no cerrado sea un arco mortal, lleno de la tensión insatisfecha que no tiene el horizonte, tan redondo: o será por eso que la distancia inflama la llama.
Sería posible seguir extendiéndose en discernimientos igualmente estériles por el resto de los días sin dejar de avergonzarse, para que nada se entienda, ni el destino. Pero qué, para qué, si no importa... y el sentimiento sigue sin responder a los llamados del rigor científico.
Es preferible la apariencia contundente de una montaña que se derrumba: a eso llamaste verdad; claro: estabas del lado hacia el que caen las cosas, como siempre, por ese amor al sacrificio. Cual si sufrir fuera parte de la naturaleza; qué tontería tan elemental, qué minucia: vender el alma a al hijo más bobo del diablo...
Supe que no iba a entender y se cubriría de frío, como siempre, que se haría de madera negra y cárnea, que sería un objeto mueble que olvida y se olvida. Y supe que nunca supo nada. Que no hubo baldosas ni escalones, sino otra cosa muy diferente y que no debía explicarlo.
Gracias a la gracia de lo sin gracia, existir con o sin conmoción, sigue siendo una elección que nos invita a comenzar de cero cada vez, aún a riesgo de conocernos demasiado. Y dar o pedir perdón por un pasado no existido, un gesto de gloria.
Ellos tampoco harán nada, porque saben que se puede vivir perfectamente sin necesidad de morir en cada movimiento, y preferirán entonces los métodos, sin molestarse siquiera en añorar los secretos de los milagros perdidos.
MAL DÍA
Algún día va a explotar
el cañonazo continuo lanzado.
Allá, en el horizonte de una historia.
Será un momento perdido digno de no perderse, cuando la revelación.
Qué buen comediante, dirán, qué profeta, cuánta bondad, mirá lo que hizo. Blablablases que no lo tendrán como testigo. Historia que no vivirá.
El precio y la condena de un iluminador iluminado es estar expatriado del nacimiento, el trayecto y su conclusión; no existir en ninguna historia, porque tampoco vivirá la que lo tenga en cuerpo respirando.
Pessoa ya se dio cuenta y fue previsor.
Parece no tener sentido ni justicia, pero por qué deberla tenerlos, si no los tiene la vida. Y si a muchos, que no son artistas ni iluminados, les pasará lo mismo.
Mal de muchos; crear
es un consuelo de tontos.
Todo indica que no hay diferencias entre inmolarse y comprar aspiradoras.
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7 - INVOCACIONES
DESEO
Deteniendo su entusiasmada invocación, que no excluía brazos como alas de pájaro y mirada al horizonte, le dijo, entre el fastidio y la ternura: “Mirá, no somos gran cosa; más allá de lo que se ve, no hay nada más que un gran, profundo, vacío...”.
Quedó tieso por la revelación; sonaba verdadera, entendiendo por eso a sincera o entrañable, y empezó ahí mismo a ver las cosas de otra manera: nació de nuevo, pero no para mejor, sino para peor, y, aunque nunca utilizaba la palabra, en esa ocasión dijo: “caramba”, mientras se mesaba no las barbas sino el mentón. Intentó alegar argumentos a favor de la poesía que puja a favor del amor que puja a favor de la mujer que puja a favor de la vida, pero nada; cada testimonio era certeramente derrotado por una demostración en carne viva y ejemplo, y hubo de rendirse ante la evidencia.
Para evitar la tentación de hacer proyecciones estadísticas tomando como base al número uno -insuficiente- hubo de sumar voluntades y consultas con distintos puntos cronológicos de referencia; así, llegó a amar (o a hacer como que amaba) a innumerables matronas de diferentes extracciones sociales y epocales, ya que los testimonios amigables, tan cotizados en ambientes futboleros y/o de vino tinto y promesas de perennidad, resultan siempre tan necios como subjetivos. Se podría aquí reflexionar ampliamente acerca de la sosa práctica de la amistad, y hasta usar como argumentación a favor del estudio en cuestión, qué directa relación –inversamente proporcional- guarda con muchos de los motivos causales de incomprensiones genérico sexuales, pero eso podía implicar: primero: dispersión; segundo: debates muertos, así que damos por terminado lo no empezado para concentrarnos en lo que nos toca sin tocarnos en la exposición de hoy. Simplemente pongo como ejemplo digresivo a lo fatalmente baladíes que resultan las reuniones de parejas. Salvo que sean swingers, pero ese –también- es otro tema.
Las secciones áureas no ayudaron mucho; aun cuando multiplicando la estatura de las implicadas por 0,618 fue a desembocar en zonas conocidas por lo transitadas y particulares, el fervor no aportó nada a la inquietud desatada, ni a resolver el misterio planteado acerca de la sustancia femenina. De la mujer, claro, entendida como concepto abstracto y general; absurdo sería que el estudio hubiese estado constreñido a suma de individualidades, si bien no parecía hasta el momento posible que existiera otra respuesta que el encanto de lo específico, mas le hizo titubear la sospecha de que las gracias atribuidas a los eventuales objetos de amor no son otra cosa que proyecciones, tan generosas que hasta beneficiarían los atributos del ojo mirante.
Las matemáticas aplicadas a la estética no podían ayudarlo; las dejó de lado, dando paso a su artefacto salvador: la intuición y sus caprichos podrían orientarlo. Al proponérselo, se percató claramente de que si había una intención de respuesta es porque había una duda, o varias, de las cuales la mayor era no saber cuál precisamente era la incertidumbre y a qué se debía ese rezumo amargo en la boca del alma. Antes de seguir cavilando lloró dos veces: nada mejor que un par de llantos cortitos para seguir viviendo, y en el último tramo del segundo llanto, mientras se deshacía del penúltimo sentimiento, ya no quiso saber.
Lo pudo la nada y fue víctima de su propia terquedad cuando dijo: Si no es posible todo, no quiero nada, que era exactamente lo que se le ofrecía, a manos llenas. Y se quedó sin respuestas mientras se multiplicaban las preguntas.
Lo que nadie le avisó es que no hay peor método para tener nada que desearlo, y empezaba conocer los primeros síntomas.
ORDENADOR
Ya alejado de la mentirosa integridad del agradecimiento y de la falacia del vegetar estoico, simplemente abro los ojos, redondamente, y opacos me revelan verdades sencillas que clasifico con el orden del azar, y que, con la sabiduría del agua -que por algo rueda, salada-, puedo dejar estar y brindarles cosquillas amigables; ciertos días, que elijo cuidadosamente, amables.
Así les saco cubierta y brillo y sigo, cubierto, desnudo a pesar del invierno.
Lejos del tormento y cerca del olvido, río sin espejos; un eco me hace la segunda voz, con otra voz, con otros bordes. Una extrañeza tan doméstica...
Y todo porque todo es recuerdo, la memoria me dice que:
- Han muerto la flor y el ave, cerraron las puertas y el humor se hizo oscura pirueta demasiado cercana al suelo.
- Un miedo y un amor se aman en la ausencia y se rechazan en vecindad.
- Se miente.
- Nunca sabré la verdad, y no me hará feliz.
- perdonar es ingrato.
- Los cerdos comen margaritas.
- Era la hora indicada.
- Lo cierto es lo no dicho.
- Y, a la manera de un koan pero más patético, una mano aplaude sola.
Una mujer distinta, la del día preferido, mira y se extraña de las enumeraciones, tan necesarias para el desorden, que su carácter de iniciada no permite percibir como a su favor, una muda protección del que ama por inercia y acuerdo de voluntades; un pacto de manos que se educan hasta querer.
Acaso el frío atempere al frío por similitud de contrastes y si no es suficiente con los guarismos y la razón, quedarán dispuestos y en abundancia la piel y el cabello, y una tibieza húmeda, profunda como una sonrisa de verdad.
Será, tal vez, que hoy necesité algo limpio y suave, que no enlute, lo manso del deseo cumplido, una cosa pequeña que no sea burda, aire, dos intenciones cristalinas. Hay un corazón que se agita dócilmente, y un domingo que parece jueves. Por eso estoy aquí, ahí.
Pero esta vez, por respeto, no voy a agradecer sino en silencio, incluso a la muerte, que comparte virtudes con el agua.
Alguien, que nunca leerá estas letras, sabe y espera, y así las palabras se recogerán en sí mismas, abriendo lo infinito. Alguien que lee, si embargo, no sabe y no espera.
UNA TARDE
Por causa de los pies que me llevaron inconsultos en dirección sin rumbo pude reír una tarde de siesta y soledad en que respiré y el universo me acompañaba. Y dije “para qué más”, gozoso; “si todo lo que no soy lo tengo”, y: “qué bello es esto de estar”.
Luego mis pies se alarmaron, invitándome a huir de la intromisión, y corrí en reversa.
No era tan grave: dos ojos.
No me quejo: a pesar del susto fui feliz dos veces: aquella tarde y esta noche.
...
- Querida, la vida no es un juego de palabras, ni una sopa de letras.
- En todo caso, es un juego serio.
- Si es serio no es juego.
- Por qué no?
- No sé.
- Decímelo con tus palabras.
- No hay palabras para todo.
- Lo que no cabe en palabras no existe: Hágase el verbo, dijo, y el verbo se hizo y sólo así todo lo que existe. Luego, existe lo que es nombrable, apalabrable.
- Justamente Dios no tiene nombre.
- Entonces?
- Entonces?
- Entonces?
- Si no hay palabras para lo que no existe y no existe lo que no tiene palabras, entonces no es un juego: es una fatalidad, un destino inexorable.
- Podemos inventar palabras para lo que no existe.
- Y darle existencia.
- Dios existe o no existe entonces?
- ...
- ...
- Yo te quiero.
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8 - HAYES
POSIBLE
Tal vez no fue tan bello, y quizá no era perla sino luna lo que parecía luna, que, como todas las lunas, brillaba de noche, afeminándome la mirada por causa de una emoción que me aperló el aliento en un costado del mar. Donde, claro, había arena.
De hecho, siguen estando la arena y la luna, pero ella no.
Había unos ojos que de tan ciegos parecían argentinos; hoy están, imperturbables, la luna y la arena, y quedó la ceguera negra sola, con un hombre que la mira.
Lloré sin causa y no sé de qué me reía ni para qué bebí el universo que hoy no termino de digerir.
Si no fuera por la risa en espiral, fácilmente diría que fui engañado: que no hubo ni hay arena, que los lugares no existen y que la pasión todo lo inventa.
Pero eso no puede ser.
TARDECITAS
Para evitar los crepúsculos hay que saltearse algunas horas del día, con cualquier excusa, y hacerlo de manera tan sistemática que termine pareciendo natural. Estarse ocupado, viajar, entablar una conversación, dispersarse o mirar cualquier cosa.
La consigna es que el crepúsculo del atardecer -sobre todo en otoño y final de la primavera- no nos sorprenda caminando por una calle que deje ver o adivinar el horizonte, pues los anaranjados que en él se aposentan pueden invadirnos de una congoja tan honda como la más honda de las conocidas. Creo que ni el desamor le gana. Y, aún a riesgo de exagerar, ni el nombre de la Virgen. Es probable que en homenaje a esas tardes haya inventado Pessoa la palabra desasosiego.
Llegar a la mañana por detrás no es tan grave: la madrugada se asemeja, así tomada, con insomniado desprecio, al último estertor de la vida; el atardecer, en cambio, al último de la muerte.
Y cualquiera sabe que más allá de la muerte de la muerte no hay nada.
MURMULLOS DE LUNA
Hay un momento entre dos lunas en que la palabra tiene importancia, y no importa la palabra. Es un instante de competencia entre todo y nada.
Y si la luna ya pasó: “Luna, lunita, no me dijiste nada... Lunita que ahora mengua, luna dónde yo estaba...”
Hay un instante que es una brecha entre dos vidas posibles; una de las dos, insostenible.
Luna por qué.
Hay una verdad escondida en el fondo de la garganta, sepultada semi viva o casi muerta entre palabras que dicen otra cosa por evitar un nombre que remueve los ripios; un sofoco que sibila y vence cuando ya es tarde.
Hay, cualquiera sabe, una, sí, pequeña pero intensa relación entre una estrella y la locura, pero la luna no interviene.
Luna llena de espanto, luna de silencio tanto. Luna de pasado creciente.
Hay como un murmullo de fondo, una pequeña gritería cotidiana que la costumbre hace aparecer como inaudible, pero condiciona.
Una vocinglería que obliga a actuar, a desmesurar el gesto en la búsqueda de elocuencia. Y la elocuencia se torna grandilocuencia y farsa. Las opciones son dos: sobreactuar o callar. O gritar más fuerte, aumentando el ruido. No queda lugar para sutilezas, veladuras ni matices: si la intención fue la caricia verbal o el concepto artesanal, se perdió en el chillido; no hay ritmo posible en tanto no hay silencio que lo sostenga.
El murmullo sobreexcita pero no procura goce. Cuando hay gritería no se hace historia ni se la vive.
El descompromiso nace del miedo.
El murmullo es un condón invisible para que nadie se haga responsable por la incapacidad de atrapar la eternidad de lo fugaz.
Hay un momento de recipiente y caudal, y, como callaste, luna, de dolor igual.
Luna, lunita, no me dijiste nada... Lunita que ahora mengua, luna dónde yo estaba.
Ay, si la luna nueva pasa de largo...
Ustedes, que conocen el lenguaje y el sentido de la luna, no se pierdan esa única palabra muda expectante que ansía ser pronunciada.
HAY UNA MUJER
Hay una mujer trozada en forma de paloma: las alas, el pico, una forma general de letra ese, la mullida blandura de almohada que late rosácea y un aire como de otro mundo, de fondo al que no se llega, y unas ganas de no preguntar y seguir mirando de por vida: tu vuelo y el descanso runrún en días de gloria.
Tanto que hoy mansamente podría morir, como si tal cosa.
Hay una mujer atravesada por el agua, por el vidrio, por el aire, llena de horizonte; apenas
si una mano balbucea.
Fracasa en la huida, triunfa la herida repitente y el tropiezo ríe varonil.
Hay una historia con voz de mujer que alguna vez sonó como ave y navegaba como barcaza: es la mano que se hizo un ala, el contorno, transparencia y círculo cerrado entre cielo y tierra sin tierra en la tierra y que hoy apenas si balbucea.
Hay un día en que mueren los cadáveres acostumbrados y nace un inmenso deseo intenso de no verme, y de no mirarte planear así errabunda.
Hay un hombre con cara de tipo que hace cosas y una mujer que se mira y se ve invisible.
El destino los atraviesa y ambos saben que van a morir.
Y se mueren. Y es todo lo que pasa.
PEQUEÑA HISTORIA TRIVIAL
Hay un hombre colgado de sí mismo por sus omóplatos, lanceado desde la nuca al cuello y con aguijones en las vértebras.
Hay un hombre imposibilitado casi para siempre de girar la cerviz, obligado al gesto desdeñoso de sus hombros. Y aunque camine, entre desgarbado y simiesco, deambulando sus pies sin rumbo cierto, o ciertamente diversos, parece sin embargo no haber estado donde se simula su ausencia.
Y que no sepa el vientre del ya interfecto inconsciente de los dolores múltiples de sus órbitas y el estupor de sus trompas de Eustaquio, porque tal vez envidie la tortura perpetua de su cráneo, asediado por la continuidad de lo atroz...
Hay un hombre sin olvido ni descanso, que llora en soledad.
-“Aprendan de los pájaros, que no trabajan ni negocian, y nada nunca les falta... O han visto llorar a un ave...?”-, cita caprichosamente un voluntario.
Se siente el varón tentado al gorjeo, pero no está para bromas y su garganta es un perfecto desierto. Putea, pero nadie lo escucha. Los huesos de sus otrora dedos hacen un gesto casi invisible, como señalando un objeto que cree recordar tuvo en su momento alguna importancia.
-No hay caso... Hoy no es mi vida.-, se lamenta callado.
Y aunque no fue una pregunta, recibe como respuesta una negrura tan grande como la muerte.
Sonríe al fin.
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9 -MIELES
CARTA PARA VOS
Soy tramposo cuando escribo. Porque sé que me estás leyendo, y escribo para que me leas, y para hacértelo saber. Y entonces lo digo: A esto lo escribo para vos -acentúo-, para que VOS me leas; escribo, como señalando, y a sabiendas de que un temblor con forma de pregunta te va a estremecer, y vas a mirar al costado y un poco para dentro, y te vas a ver como si fueras otro que te mira por primera vez.
Y dejo pistas para que te reconozcas, pero, mentiroso como soy, serán huellas que le cabrían a cualquiera, y algunas serán falsas para que pienses que estoy escondiendo por discreción algún detalle o disimulando. O para que dudes.
A veces les doy una entonación especial; por ejemplo, si digo “tu pelo” -si escribo “tu pelo”- lo haré con la voz necesaria para que sientas y sepas que es el tuyo y no otro, independientemente de que lo describa como lacio, de trigo, azabache o ensortijado o hable de cascada o sembradío de luz.
Lo mismo haré con “tus ojos”, es fácil: decir “tus ojos” es hablar siempre de tus ojos; que se ocupen otros de adjetivarlos como glaucos o negros de muerte; siempre serán los tuyos, es decir: los míos que los miran. La trampa consiste en hablar siempre de aquellos cuatro siglos -o cinco segundos o dos días, no me acuerdo- en que fuimos tú y yo, y yo tuyo.
Por eso y otras cosas, y porque a mí me están permitidas esas habilidades por razones que vos sabés y supiste adivinar, y porque sabés que no hay mejor disfraz que andar desnudo, no necesito decir cuánto te necesito.
En fin, eso: que te escribo, a vos, para que vos y no otra persona me lea.
Pero, eso sí, tengo mucho cuidado de que no sepas que sos vos, y, si es posible y por extensión, que dudes de tu propia existencia.
Qué tonto intento de venganza.
Pero, vos también, a quién se le ocurre...
NOSOTROS
Yo, el equidistante
narciso desperfumado mirón que sin embargo;
vos, la resbalosa niña culposa
de espalda cristal que se va por las dudas,
mirada que horada y mano lunar de infante; vos
toda cintura ternura que acompleja
y paredón de hielo, por si acaso.
Yo, Quasimodo de malos modos: primitivo, gris, superficie.
Vos, implacable como una aguja, neurona incisiva y canina
que a veces sonríe.
Y en el medio,
nada
más
que electricidad perdida,
qué pena, el destino,
cuánta justicia.
CONFIESO
No sé si debo pero
Yo también siento que hay algo que quiero decirte y que no encuentro.
Perdí la formula para decirte cosas
Por eso te escribo
y te escribo y te escribo
Que es como una forma de mirarte, de verte, una manera impotente y resignada de saberte en algún lado, que estás, que vas que venís, no sé con qué cara, si con frío, si llorás, pienso en tus ojos y digo ojitos.
Te extraño.
Son tantas cosas, que son tan claras cuando te pienso en la noche: a veces mantengo discusiones contigo durante horas creyendo dormir, y hasta me contestás cosas que luego no recuerdo. Y te pregunto por qué y te entiendo y nos reímos juntos. Algunas veces te reto enojado. O te pido perdón. Otras, en vigilia, te miro y me mirás y te hablo, y recuerdo tu piel y tu aroma, tus bracitos cortos. Y te pregunto dónde estás.
El otro día, sin embargo, dormí feliz, porque fue mi acompañante de esa noche el recuerdo de aquella vez, y sonreía por aquella certeza del encuentro y la naturalidad de saber quiénes éramos. Evoqué cada detalle y te agradecí.
Quisiera que sepas todo de mí, cosas que nunca sabrás ni podré decirte.
Te pienso hasta doler, de todos los modos posibles: con frialdad, con tristeza, desesperado o sereno, te busco la forma, saber quien sos, para desarmarte y que te vayas de mí, así, tus esquirlas.
Y, sí, pasan y pasarán cosas y gentes y ninguna será bella; todo pasa y pasará y podré decir, pero ya en silencio, que solamente sos tú (sos tú: así me gusta decirlo) ¿Y a quién le explico?
El orgullo y el ostento de haber amado una sola vez.
Ya no me importa si me duele o si te duela.
ENTRE NOS
Estamos condenados a no entendernos... Suena tétrico de tan casi real. Y patéticos los movimientos, gestos y palabras que usamos con tanta abundancia para conjurar la maldición. Melancólicamente -por no decir impotentemente, que suena tan feo: Impotente Mente…-; si ya sabemos que hablemos de lo que hablemos nuestros mundos no se van a encontrar: Somos tan insondables, tan inaccesibles e interminables e incomprensibles e incompartibles...
Aunque también tiernamente, diría en un buen momento, como niños persistentes que se ríen para no llorar, que rechazan al destino porque lo saben justiciero y que aman para no morir demasiado rápido aunque se sepan viviendo sin saber por qué. Y tal vez de ahí la inmensa fama del amor, ese invento perfecto: un tentempié de los más nutritivos y geométricos en reproducir virtud pero que funciona como la zanahoria en las narices del asno.
Mirá si le preguntaras a Dios, respecto de la vida: “¿A qué viene todo esto…?” y Dios te respondiera: “A nada… es nomás”; qué sorpresa tan injustificada y esperable... O: ”qué se yo, se me ocurrió, por joder... ” Sería para matarlo...
De todos modos, me parece que la cosa (qué cosa? La cosa, el hueco, el misterio, el vacío) pasa por otro lado y estamos errando el medio creyéndolo fin o exagerándole capacidades a las herramientas. Y bueno, cuando se agranda la expectativa, la desilusión también, por eso pasa lo que pasa. O, peor, no pasa lo que no pasa, y a veces duele.
¿Existe lo que no se dice? Sin dudas, y a veces existe más que lo que sí se dice, cuando lo disfrazado de palabra no es más que una expulsión de aire con cierto sonido, convencional, repetido y baldeado de rumbo, baladí. Pero hay otras maneras. Si vos sabés que hablar es siempre hablar de otra cosa, qué te voy a decir… Hablar es dejarle lugar al silencio...
Pero hay otras maneras, que, afortunadamente, resbalan por entre signos y sintagmas; se deslizan.
Y hay otros gestos, y otros movimientos. Hay otros modos y otros lugares desde donde vivir y convivir con realidad. No, no iba a decir el Arte. El arte está en el mismo lugar en que se dan cabezazos contra las paredes. Es otra cosa.
Es otra cosa y es la misma, porque la sustancia permanece; cambia el lugar.
Tampoco iba a decir Dios, Dios me libre…
Y hay más, incluso prescindiendo de gestos y movimientos.
La sustancia es la misma, el lugar es otro, y es más cercano, más cotidiano. Precisamente cotidiano.
Fijate vos que todas las convivencias mueren por convivencia; las mata el hastío, dicen. Dicen.
¿Y cómo es eso? ¿Cómo es eso posible?
¿No es contradictorio que asumiéndonos insondables, inaccesibles e interminables e incomprensibles e incompartibles dejemos de buscarnos, de indagarnos, de sondearnos, de curiosearnos y hurguetearnos? De querer sorprendernos siempre, de buscar ese rincón donde se nace una y otra vez. Si de palmar se trata, prefiero que sea de miedo y no de cobardía; la testa temeraria que arremete la telaraña y el cuero que afronta los plomos, y la carcajada.
¿No es el colmo de la insubstancia perder la oportunidad de develar un secreto inagotable? ¿No es una miseria quedarse estancado en el escalón de la apariencia y la usanza? Si siempre hay más...
En este punto tuve ganas de llorar, bendito desconcierto, ¿o no es acaso novedad el llanto? Me río.
Morir antes de la muerte es el colmo de la holgazanería; el único pecado del que no podremos permitirnos no arrepentirnos. No dejes, por favor, de descubrirme.
Pero si hay otros modos: hay un estarse atento que conocimos, que, si mal no recuerdo, era de colores y envolvía, era un sin tiempo mirón que te hacía transparente y, te llamaras como te llamases, podía saber quién eras y qué hacías en mi vida. Salía del pecho. No tenía palabras. Otras maneras, más flexibles, suaves y penetrantes, continuas.
Hoy, aún así, a qué negarlo, la vida sigue siendo divertida, pero, para mi gusto, le faltan cómplices y le sobran explicaciones.
Y no quiero en momentos de negrura sobrarle yo, por eso te digo. Y prefiero que no te importe a que tengas que esforzarte en entenderme, y que sigas tu vida, tan falaz. Perdón; quise decir feliz.
-¿Vos creés que vale la pena conformarse con conocer, pudiendo saber, y con menos esfuerzo...?
No sé con quién hablé de todo esto.
Por falta de curiosidad, podría ser el título ausente.
VEO-VEO NEGRO
I
Veo dos cosas solamente, dos de las cuales son personas.
De las dos, una esta por morir de muerte natural y no hace otra cosa que estarse dejando de ser, empecinada en fallecer desde el primer minuto: a eso llama vivir, y todos coinciden -distraídos y hablando de otras cosas- en que tal cosa es inevitable.
La restante muere de amor, además, y no le veo el sentido, aunque lo siento y es profundo, tanto como para quemar bravamente.
Una lleva tu nombre y otra el mío.
II
Veo dos cosas solamente: una sos vos; la demás, lo que sobra.
Como yo en ninguna estoy, ese que gime y escribe no sé quién es.
III
Veo una cosa solamente, la paladeo y es amarga, la huelo y es oscura, me dejo llevar y precipita. Y derrotero es un conjunto de derrotas y la derrota original. Y poco entiendo.
Veo un juramento sin promesas y me hago de hierro increíble que se deja herir por las estrellas y que llora.
IV
Veo que no estás: veo agua salada y nada más.
V
No veo, no entiendo y no sé a quién preguntar.
Lluevo, abatido.
VI
Pluscuamtriste, niego lo no negro.
VII
-Alguno de los dos tendría que no haber nacido, si no para qué -y me pregunto quién sobra.
Hablo -por supuesto, solo- y miro la forma de un vacío lleno de gente y objetos incomprensibles.
VIII
Tengo que hacer algo de extraordinaria belleza. Pero ni eso, ni aun si fuera posible y para qué.
X
-Estoy cansado de ser artista -dice el artista, pero ya es tarde... -pero ya es tarde.
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10 - MANOS
Podés elegir: tenés en la mano izquierda una rosa y en la otra, un poco de algo.
No hay error ni cansancio, ni acierto ni desvarío; apenas una gota de cobardía, y a quién le importa si dos más dos sea menos que cinco, que nadie muere por sobrevivir, y sobran ejemplos.
De dos manos elegís una: la que está más cerca, la de la línea recta, la que no sostiene y sola no puede dar: sólo -sola- sirve para cerrar la puerta o saludar en gesto de adiós.
Es que una mano sola, recta y previsible, no abraza ni aplaude ni sostiene: una mano derecha es la caricia mecánica de una muñeca con una sola muñeca y un muñón. Es menos de la mitad del Universo, un número sin conciencia de sí mismo, una cifra que no ama ni puede ser amada
Elegís el camino de la obediencia, desdeñando al mandato; preferís la palabra factible y el gesto cóncavo.
Una flor pisoteada sirve como abono, quiero decir y no puedo; servirá para otra vida, pero mientras tanto. Pero mientras tanto pasa, no sólo el tiempo –ya casi un mes, ya casi un año, ya se va una existencia...- y las personas, sino las causas de que caminar sea algo más que una consecuencia sin empeño de la respiración, del auto lavado el domingo o el meretricio mal disimulado.
Y a quién le importa si alguien llora.
Tenías que aprender a sufrir.
APLAUSO CIEGO
De mí o lo que era, quedaron dos brazos. Que de poco sirven, como no sea para aplaudir sin motivo de festejo, o abrazar sin abrasar vegetales insensibles.
Pero, sin mejillas, el estrujón se hace insípido y en exceso periférico...
¿Y qué se puede hacer con nada más que dos brazos, es decir: siendo sólo brazos...? Poca cosa, ya que a pocos regocija la extremidad de la extremidad: las manos, y sus extremos: los dedos, rematados en uñas en perpetuo surtidor córneo y persistentes en vivir: las vi crecer, cuando niño curioso, en fosas comunes, y vi la extensa cabellera de calaveras sonrientes. Presumo, por el miedo, que no eran moraleja ni enseñanza sino mero hueso descarnado, mas las uñas crecían, invitando a la inmortalidad.
Muy poco se puede hacer, sosteniendo: contener caídas, abarcar, cimentar y señalar. Poca cosa, como brazos que construyen: todo queda en manos de las manos, todo en brazos de los brazos.
También, por supuesto, derrotar y romper y, en caso de injusticia, se puede empujar con furia o con el puño aplastar lágrimas en una mesa donde sobren los papeles.
Pero ni siendo brazo ni siendo extremo la conciencia moral se ausenta...
Se puede, siendo brazos, cultivar perlas y flores y alejarlas del pisotón, salvo los que decidan prodigarse a sí mismas.
No pierdo, de todos modos, la esperanza de volver a ser mis ojos cegados a fuerza de ocultación, y aquélla boca que hoy no puedo silenciar.
Porque los brazos, que no hablan y solamente, sí, escriben, con excusa esteticista se abstienen de valentía.
Por el momento, como brazos,
aquí me quedo, aferrado
a un árbol y a un cielo
para que no se vayan
con el viento.
LABERINTO
Hay una calle que atemoriza. Una, oscura y de invierno que por conocida me hace temerle demasiado y arrepentirme de ser valiente. Solamente en invierno, porque en otoño, hasta que amenaza la primavera, la existencia está de más y me sobro en la piel, y arrepintiéndome de la vida me jacto de ser cobarde y avaro: Por avaricia no muero y no sé qué espero; riman, pero no soy poeta y detesto, lo confieso, las palabras. Pero no es por mezquindad que falten comas sino por exceso de aire.
En esta calle hay mucho viento, tal vez, frío, que hace anteojeras en la nuca y ríe como una hiena.
Es que en esta calle, que parece un cementerio de fantasmas, caminé solo muchas veces y siempre, y una vez sin saberlo.
Es misteriosa, y tiene dos esquinas: una que desconozco, por la que se va o en la que se agazapa el amor, y otra que me hace no saber.
Los niños nunca estuvieron aquí, sin embargo, los echo de menos.
También sin saberlo hablé conmigo: Si se ha de estar solo que ni la soledad me acompañe, dije esa vez y desde entonces no dejaron de atormentarme, sumándose a la crueldad de la memoria, hordas de lugares comunes disfrazados de esperanza y visitantes indeseados que se complotaron a favor de la indecisión.
Y no sé por qué no me dejan ir, si aquí, donde perdí el tacto y el olfato, soy intruso.
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11 - NOCHES
XXI
Doscientas cartas cargadas de infierno.
Veinte mil dos palabras de fuego amargo.
Ciento noventa y nueve mil doscientas ocho letras como flechas envenenadas.
Lo sé porque a todas las conté, una por una, clasificándolas, investigándolas, desentrañándolas; es decir, desentrañándome.
Mil ochocientos veinticinco días -más o menos- dura el desengaño.
Otros dicen que toda la vida.
Si serán exagerados...
PIRUETAS
Las diez mil piruetas forman un dibujo interminable con forma de dolor, también interminable. Las cabriolas que hice con torpeza interminable y dolor inenarrable.
Los retozos de impericia inmortal y dolor inefable hablan de un fracaso muy grande, de un chasco.
La palabras fueron menos, pero repetidas y circulares; hablaban de su propia mudez: inmundas, les dije, no sin llorar, copiosa mente.
Fui y volví, caminé con demasiado silencio a lo oscuro, no duró demasiado más que una vida pero se sintió más largo y tenia sabor a condena, a rima y cadena sin cadencia o eslabón perdido, y así estuve, como un gerundio o un mártir que fuese capaz de inmolarse por un pétalo de rosa que no existiese.
Como es de suponerse, el grafismo infame, que bien podría no existir si hubiera justicia y arte, tiene forma de risa de hiena en luna llena -y el mismo aliento- y suena despojado del viento dulce que garantiza la primavera. Ya no tiene y nunca tuvo aroma ni sentidos.
Me pregunto aún por qué me pregunto para qué.
Fue, sin dudas, una traición que se enmaridasen la pasión y la tristeza con tanto impulso y fervor, no quiero reclamar por eso, pero...
La vida no es esto
que antes era poco y ahora sobra;
no es la miel rancia
de lo cotidiano ni es ese hueco
sombrío que como un ojo
de cadáver mira burlón.
No es -y si lo es me niego- un juego de tontos
que se postulan vivos y pustulan
lo inocente; de ninguna manera el miedo
a caer otra vez en la pica virulenta
de estar sin vos: una oración
perpetua sin sujeto
Pero tampoco es otra cosa,
y qué hago, si nadie
me sabe mentir, y el apunte crece
ahí, cada vez más inconcluso
y sin rúbrica, por vergüenza...
Por fuera del escarnio
siguen aplaudiendo la derrota.
A QUIÉN
Y a quién le importa la quietud, si este movimiento mutante como batalla no se acalla: aquí dentro no hay silencio ni aburridez, más bien un semi infierno que tanto escoce cuanto abruma, a cualquier hora y en cualquier circunstancia; es el ansia que ora divierte ora estalla, ora ora, ora devora o implora.
En qué me pueden incumbir los alcoholes estercolados que a mares -uh, si me amares- se amaremotan en la garganta o la rigidez y el espanto de un soliloquio amargo, si nadie se parece a todos y a mí mismo y me abismo a la velocidad de la rutina. Y si no hay lumbre ni Dios. Sí, que uno más uno son dos, pero uno más nada es nada y casi nada me anonada tanto como ese tanteo inerte en el límite del horizonte.
Yo, Laocoonte, víbora y mármol, pienso que pienso pero siento que siento.
SUJETO SUJETO
Hoy tuvo ganas de llorar a mares. Abrió la columna y se llenó de tristeza, de cabo a rabo, y cada poro fue como un porro solitario en un lugar destemplado y con eco donde se hablara de los mil tonos de la muerte y en el cual hubiese frío y fracaso; no de tango, sino de solamente frío, de la solamente flemática distancia que hace nacer la extrañeza de extrañar y sentir al mundo como un visitante intruso pero dueño de casa. Mas no fue suficiente la congoja, ni tampoco lo fue una flor que imploraba. Ya viene el ahogo de no llorar, y él desprovisto, y el desierto.
Amar a mares, dijo, queriendo invocar, y se llenó del nombre de alguien que no nombra; se hizo pilastra y recuerdo y el frío recorrió a su antojo sus distritos. Estuvo cerca, pero no hubo sal. Ya vendrá el mar y llegará la arena, y la luna contrapunteando la pesadilla de un recuerdo con demasiada luz azulina, y va a llorar.
Pero no puede, y tal vez no quiera, quitarse la costra de un agua no derramada que se hace aire turbio y pulmón. Y, ah, cierto, esa dejadez intrusa inclusa en su ser que sin ser pervive y calla y calla.
Te quiero, dijo: dos sintagmas tan inútiles como verdaderos.
Finalmente, casi una lágrima y quedó solo, cabalgando la curva de un número ocho yaciente que se retuerce como culebra.
TRISTOLDA
Qué maneras son esas.
Caminé muy solo, arrastrando la nariz en la tierra; apreté la oscuridad con los párpados, me mordí los dientes hasta sangrar. Y era muy pequeño.
Escapé del dolor, pero hacia adentro, y no sé por qué, si bastaba con decir No a tiempo. Para qué morir así, en vano, tan lejos, sin redención; tan triste Tristán sin barco, y sola Isolda, pero sin brazos.
CORREO
Escribí cartas sobre una tumba.
No acerca de, ni que versara de sepulcros, sino encima. Una tumba fría y abandonada por todos -hasta por la extinta, supongo- menos por mí.
Durante años dejé testimoniado el volumen de una injusticia en que la difunta estuvo involucrada, aunque ella dice, a juzgar por su silencio, que no.
Empecé tímidamente, por orgullo: una esquelita breve, ya transcurrido el tiempo prudente, que se transformó en una barroca exposición en el segundo intento, azuzado por su desdén y mi necesidad de aclarar ciertas cosas que me parecían muy importantes. Odio quiero más que indiferencia, se intitulaba, y era delatora porque claramente se me veía dolido en la ambigüedad. Me arrepentí de esa actitud, por mostrarme débil y entregado; nada le gustaba tanto a ella como saberme a su merced y siempre dispuesto, tanto al perdón cuanto a la súplica y la puteada. “Sí, sé que sabés que la injuria esconde y devela a un llanto”, le aclaré, resignado, y traté de recomponerme y volver al ataque fortalecido. Ataque, fortaleza, estrategia... qué palabras horribles dedicadas al amor, pero qué inevitables; no sé cómo llegue a eso, cómo no pude rechazar su convite al combate y la competencia; yo le ofrecía el mundo. Ella nunca tuvo sentimientos, ni en el más allá.
No niego que tuve y a veces tengo furibundos deseos de venganza, pero para qué.
Durante lustros le apilé hojas lapidarias y sepulcrales. Sé que las leyó, porque desaparecían semana a semana. Tal vez por simple regocijo ególatra; quizá porque en el fondo algo me quisiera. Y nunca tan en el fondo como en la muerte.
Seguramente pensará que voy a ir, manso, a buscarla, como siempre, pero esta vez no voy a ser quien comparezca; siempre soy yo el que da el brazo a torcer, y una relación de a dos involucra a los dos. Eso le voy a decir.
Lo sincero sería que le dijese que la amo con toda el alma y para siempre y lo repitiera una y otra vez de rodillas pero eso no sirve, ya lo he comprobado.
A ellas les gusta hacerse las difíciles.
De cada una de las miles guardé cuidadosa copia; es fácil presumir que escribí el doble de lo que le dije, pero a eso ella nunca lo sabrá: no es digno ostentar dignidad, y yo la amaba.
Hace mucho, cuando estaba viva, cierta y palpable, le había declarado “No me avises cuando te vayas. No me interesa conjurar la distancia de tan mala, absurda e inefectiva manera: ni los metros ni las horas se resuelven escribiéndolos. Si no hay brazos ni voz y hay que inventarlos, no me interesan aunque sí me involucren y afecten. No voy a caer en la trampa / de hablar con fantasmas.”, epistolarmente y mintiendo. A lo mejor se sintió abandonada de antemano, pero era para protegerla; a veces hay que tener frialdad de cirujano. Por otro lado, no era igual el sentido, la intencionalidad y la vigencia de aquella misiva entonces que ahora.
Escribí cartas sobre una tumba. Nunca me fueron contestadas.
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12 - PEDAZOS
- No pude, no supe... –dijiste, procaz.
No pude ni supe morir y en eso estoy desde entonces, bajo la tierra de tu silencio.
RESPONSABILIDAD
Delante de mi pie hay una piedra. Más allá de la piedra, un río, sobre el que hay un puente. Cruzando el puente, un espejo.
Más allá del espejo no hay nada; detrás de mí, tampoco.
Pateo la piedra y corro. Quiero volver pero el puente está roto y yace la piedra en el río: voy a rescatarla; quizás me perdone. Si no, es lo mismo.
PASÓ UN PEDAZO
Pasó un pedazo de mí por mi lado. No lo vi; sé porque me dijeron, y porque, además, se llevó lo que quedaba.
Con lo que resta, es comprensible que poco me importe que un miembro de mi ayer haya vuelto por sus hermanos.
En algún lugar descansarán; ojalá que en paz.
QUIÉN TE DICE
Voy sembrando bueno, por las dudas que haya otra cosa o valga la pena y se cotice más el intento que el porte de la semilla.
Si no es así, no será, y el endemientras me guarece.
Pero, eso sí, no abuso tampoco: no sea cosa que a la hora de la cosecha no tenga tiempo ni recipiente para tanta felicidad.
ERROR
"Desierto, desierto os digo", dijo el profeta.
Lo demás -esto- fue culpa de un traduttore traditore...
AL FINAL
Finalmente la felicidad era eso... una cosa que se asesina, un descuido eterno y un poco de arena y viento.
INCONCLUSIÓN
El arte se impone, siempre enfermizo, la elección o la vibración constante; será entonces evitación, de la tentación, ya que sólo los libres saben restringirse y únicamente los esclavos reprimen la capacidad de no ser, invocando las cadenas del libre albedrío.
Puesto a elegir entre el desafuero y la estepa, sé que nadie podrá callar el silencio ni detener la quietud, y ese será mi fuego y desagravio. Y si nadie sabe de qué habla un artista, jamás ignorará qué calla.
Mas si las letras invaden, si inunda la palabra, cómo discriminar, o cómo no hacerlo sin sumergirse en la tentación infinita, para negarla a fuerza de recortes prolijos después de la embriaguez
Entre el miedo al vacío y el exceso de nada, entre el cinismo y la bondad se debate la obra: Con éxito laborando aguardar a los arrebatos; una sombra en las manos que en la penumbra aguarda a la oscuridad o la llamarada orgásmica que sinonima al llanto y a la risa
...Aunque hoy sombrío no sonrío, me detengo a pensar sin mucho fervor acerca de los riesgos de vivir en estado de poesía.
No llego a conclusión alguna, claro, para eso se piensa, para eso se poema...
El verdadero pensamiento, después de todo, deberá estar dotado de la suficiente inutilidad como para que tenga sentido, si Dios está en la vacilación.
Y todo para amordazar a la muerte.
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